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Durante mi infancia tuve la suerte de vivir en una zona rural. Allí la gente de edad avanzada se reunía en la plaza para platicarnos leyendas cortas a los más jóvenes.

Se dice que un día un pordiosero llegó hasta el frente de una gran hacienda. Después, lanzando un grito de desesperación, le pidió a uno de los peones que le regalara un mendrugo de pan, pues no había podido comer nada en varios días.

El trabajador en vez de socorrerlo, se burló a carcajadas de él y le dijo:

- Es el colmo, en estos días la gente ya no quiere ganarse el pan trabajando. Prefiere estirar la mano y así continuar con su vida de ocio. Si quieres, pídele trabajo a mi patrón, aquí nunca sobran un par de manos dispuestas a labrar el campo.

El limosnero bajó la mirada y murmuró:

- Yo sólo te pedí un poco de alimento. Espero que el día en que necesites ayuda, tus amigos estén ahí para brindarte su apoyo.

Luego de pronunciar esa oración, el pordiosero siguió su camino rumbo al norte.

Pasaron varios meses, hasta que un día una serpiente apareció en medio del campo. La culebra se arrastró por el piso hasta que llegó junto al peón. Los compañeros de éste, vieron la escena y se echaron a correr, pues notaron que el reptil era de una especie muy venenosa.

- ¡Auxilio, ayúdenme! Pidió el labrador en repetidas ocasiones. Sin embargo, a nadie le importó que estuviera a punto de morir.

La serpiente se le enredó en los pies y lo tiró. Cuando ambos estuvieron en el piso, la culebra se le acercó a la cara y le comentó:

- ¿Me recuerdas? Hace un tiempo te pedí que me regalaras comida, pues de lo contrario iba a morir. Te reíste y me dijiste que mejor buscara un trabajo. Yo soy la muerte y mi labor es desterrar de este mundo a almas negras como la tuya.

Acto seguido, la víbora hundió sus colmillos y el corazón de aquel hombre dejó de latir.

Cuentos cortos intrigantesComo pocas veces, esa mañana mi cabeza estaba llena de ideas nuevas para crear cuentos cortos. Me levanté de la cama y lo primero que hice fue tomar mi libreta de apuntes y mi bolígrafo favorito para empezar a plasmar en papel todo aquello que tenía en la mente.

Los temas de las historias eran muy variados. Desde aquellos cuentos que poseían una estructura clásica hasta narraciones breves disparatadas que serían la delicia de grandes y chicos.

Veía el reloj y sentía que las horas se volvían minutos. Escribí hasta que oscureció. Mi mano ya me dolía muchísimo. Sin embargo, no paré hasta que concluí al menos una docena de cuentos.

Me levanté de mi asiento y fui hacia la ventana, pues siempre me ha gustado admirar el atardecer. De repente, un ruido fuerte hizo que mirará hacia el librero. Todos los libros que ahí estaban acomodados por categorías, comenzaron a caer al piso uno por uno.

Eso no fue todo, ya que después aquellos que tenían pasta dura comenzaron a volar por toda la habitación, como si se trataran de aves multicolores.

Yo estaba muy asustado, pues no sabía qué pensar. Me pellizqué varias veces el brazo izquierdo pensando que aquello era una pesadilla y que lo más prudente era despertar. A pesar de ello, continuaba viendo cómo las obras literarias de mi biblioteca continuaban volando por todos los recovecos de la habitación.

De repente, todo se hizo silencio y lo único que alcanzaron a escuchar mis oídos, fue el sonido de un "BIP" que se repetía y repetía.

- Abrí los ojos y observe como un médico me estaba examinando.

- ¡Vaya! Qué bueno que al fin recobró el conocimiento. No se asuste, está en el hospital estatal de Palmeras. Uno de nuestros paramédicos lo encontró tirado a media calle. El reporte médico dice que usted sufrió un ataque epiléptico.

Era verdad lo que el galeno me dijo. Es más, yo no soy escritor, puesto que mi trabajo consiste en vender pólizas de seguros.

Mitos de miedo El asilo de las Hermanas Franciscanas

Jorge era un adulto mayor que padecía de algunas dolencias precisamente por su avanzada edad. Para no dar molestias a sus familiares (más que nada a su hija menor) se puso a buscar en el periódico varias casas de retiro.

Halló una que estaba muy cerca de su casa, pero cuando fue allá a pedir informes se dio cuenta que su capital no iba a ser suficiente ni siquiera para poder pagar un año de estadía en el sitio.

Continuó su búsqueda hasta que dio con el asilo de las "Hermanas Franciscanas". Don Jorge se imaginó que aquello seguramente continuaba siendo un convento y que las monjas eran las que atendían el lugar.

Llamó por teléfono y fue a visitarlos. Quedó asombrado al ver que aquello era una casa de retiro bastante grande, aunque muy sucia y descuidada. Sin embargo, lo que lo animó a quedarse ahí fue la reducida cuota que debía pagar.

Antes de recluirse en aquel lugar, el anciano habló con sus hijos y la única que se opuso fue de nuevo la más joven.

- Papá, no te vayas a quedar en ese asilo. He escuchado que en esos lugares explotan a los ancianos o simplemente los dejan en el olvido hasta que mueren.

- Esos querida hijita son mitos de miedo, dudo mucho que allí me ocurriera algo semejante. Confió en ellos plenamente. De cualquier manera, siempre podrás llamarme a mi celular o directamente al hospicio.

No bien habían pasado unos 20 días, la hija de don Jorge se quedó helada frente al televisor al ver que en el noticiero nocturno salió un reportero informando que el asilo de las "Hermanas Franciscanas" había sido clausurado debido a que dentro del inmueble solamente había cadáveres.

Días después, se descubrió que el nombre y la razón social de esa casa de retiro sólo era una fachada, ya que los internos se dedicaban a hacer experimentos con los ancianos, convirtiéndolos en conejillos de indias.

Leyendas de terror El número trece

Xavier estaba obsesionado con el número trece y todo lo que tuviera que ver con él. Por ejemplo, los martes que coincidían con este dígito en el calendario, prefería permanecer en su casa hasta la mañana siguiente.

Una de las ventajas que le permitía hacer esto era que trabajaba desde su hogar, así que no tenía que salir de ahí a menos que la situación fuera apremiante.

Aunque le gustaba a escuchar leyendas de terror durante la noche de Halloween, en el instante en el que dichos relatos de miedo se aproximaban a la docena, se alejaba de ese sitio y empezaba a hacer otra actividad.

Era tanta su fobia a tener "mala suerte" que cuando una escalera era de tres peldaños, prefería brincar el último escalón, para nunca tener contacto con ningún tipo de experiencia paranormal.

Un viernes por la noche, mientras iba saliendo de un concierto, intentó pedir un radio taxi con su teléfono pero en el lugar en donde se hallaba no había la suficiente cobertura, por lo que tuvo que acercarse al arroyo vehicular y tomar uno tradicional.

Rápidamente un automóvil amarillo y de gran tamaño le hizo la parada. Xavier se subió en la parte de atrás y le indicó al conductor cuál era la ruta que debía seguir. No obstante, al poco tiempo de haber abortado el vehículo, se dio cuenta de que el chofer tenía aliento alcohólico, cuestión que lo llenó de miedo.

Además, revisando la licencia del conductor se dio cuenta de que la matrícula del carro era ASM213.

- ¡Por favor, paré aquí! Suplicó Xavier.

- No, hasta que lleguemos a donde usted mi indicó. No voy a dejarlo aquí.

Desesperado Xavier abrió la puerta del auto y saltó hacia afuera, sin percatarse de que había un agujero en esa parte de la calle. El hombre cayó varios metros hasta el subsuelo destrozando su cerebro por completo a causa del impacto.